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Después de más de tres meses volvía la Liga y con ello, volvían los desplazamientos para los presentes. Y este rencuentro con nuestros viajes lo hacíamos con una ciudad que visitamos hace no mucho y de la cual guardábamos muy buen recuerdo: La Coruña. Un trayecto de 800 km para empezar a sufrir y vibrar con nuestro equipo.
Para realizar este viaje volvimos a optar por tirar de nuestros coches particulares. Al pobre yellowcar, que cada día está más cascado, le tocó meterse una buena panzada de kilómetros en dos días. Pero merecía la pena el esfuerzo para poder disfrutar del inicio de una nueva temporada.
Salimos muy temprano. A las 5 de la mañana me encontraba con Luquetas, ilustre invitado de la Peña Zaragocista de Barcelona Alfonso Solans Serrano, que nos acompañaría en este viaje. Una vez en mi coche y con su equipaje a bordo, pasamos a recoger a la familia “lololo”, David y Pilindri. Una vez todos acomodados en nuestros respectivos asientos comenzamos el viaje. Por delante 800km y siete horas y media de carretera hasta llegar a los verdes parajes de Galicia.
El camino transcurría tranquilo. Un poco de música suavecita, ya que la hora era muy temprana, alguno que intentaba conciliar el sueño tras una dura noche de fiesta lanzando la red por el Casco (David) y el sonido de los pings del Iphone de David de fondo para saber en cada momento en qué punto del camino se encontraba el coche que transportaba a la Wiss family y a Iván, que casi lo podemos incluir ya en el árbol genealógico de los Wisses.
A mitad de camino, en Carrión de los Condes, decidimos hacer una pequeña parada para desayunar y estirar un poco las piernas, que ya nos iba haciendo falta. Cogimos la primera salida de la autovía que indicara un área de servicio, lo cual siempre es una lotería, y llegamos a una pequeña gasolinera con un diminuto bar que desde fuera ya aparentaba poca cosa. El aire arreciaba al bajar del coche, y la temperatura a esas horas de la mañana se podía considerar gélida, para encontrarnos en pleno veranos y en medio de una ola de calor.
Nuestra sorpresa al acceder al interior del establecimiento fue creciendo poco a poco: El aspecto era más de un bar de los años 70 que el de una estación de servicio moderna; en dicho bar no había nada de repostería para desayunar, aunque contaba con una pequeña tienda a su lado donde pudimos adquirir algunas galletas; y lo mejor de todo: ¡Tenían el aire acondicionado encendido! Auténticos chicarrones del norte los que allí se encontraban tan tranquilos pese al frío que hacía en el interior del local. Después de tan peculiar parada, y ya con el estómago lleno, decidimos continuar nuestro camino. Todavía nos quedaban 400 km para llegar a nuestro destino.
Todo transcurría con normalidad hasta llegar al peaje de la autopista que enlaza León con Astorga. En ese momento, y tras tener que silbar a la cajera para que nos cobrara, sonó una especie de golpe mientras subía mi ventanilla, la del conductor. Según arrancaba la curiosidad me pudo, y comencé a bajar la misma para observar que era ese ruido que me había sobre saltado. Pronto lo descubrí: el mecanismo del elevalunas dejó de responder y el cristal cayó hasta abajo, dejando correr el aire por todo el coche. Un gran inconveniente para lo que restaba de viaje, unos 250 km.

Hicimos una pequeña parada para ver si había alguna forma de arreglarlo. La solución no parecía sencilla. Intentamos tirar de ingenio y tapar de alguna manera esa incómoda entrada de aire. Pero la idea de colocar un cartón tuvo que ser descartada al tratarse de la ventanilla del piloto y ser obligatorio el tener visión directa sobre el retrovisor de ese lado. Al final optamos por comprar un rollo de papel film para que dejase ver el retrovisor y frenase el acceso del viento al interior del vehículo. Pero el invento salió “rana”: No se podía ver el retrovisor, el ruido era infernal y poco a poco se iba desmantelando el entramado de plástico amenazando con enrollarse en mi cara y provocar un accidente. Tuvimos que apechugar y continuar el resto del camino con la ventanilla totalmente abierta.
Una vez en La Coruña, y ya en el hotel, nos encontramos con los ocupantes del otro coche, que ya llevaban un buen rato en la ciudad gallega, ya que habían partido con anterioridad. Entre todos, lo primero que hicimos fue una tarea de bricolaje que hubiera firmado el mismísimo McGyver: Desmontamos por completo el embellecedor de la puerta (tras consultar en internet las instrucciones para hacerlo) y rescatamos el cristal para dejarlo lo más arriba posible colocándole unas cuñas de papel para que no volviese a descender. Todo un apaño digno del “barbas de Bricomanía”.
Tras superar esta pequeña crisis y una vez instalados cada uno en nuestros aposentos, decidimos ir a comer algo, que ya iba siendo hora. Para ello nos acercamos a un bar cercano al hotel donde degustamos uno platos combinados mientras nos entreteníamos con los entrenamientos del Gran Premio de Bélgica de Fórmula 1. Cuando ya estábamos en los postres y yo me estaba metiendo entre pecho y espalda todo un señor banana Split, aparecieró la avanzadilla de nuestra expedición que llevaba desde el día anterior por tierras gallegas: Fredi, Esther, José y Coronel Porrito. Curiosamente, ellos llevaban desde el día anterior por Galicia como digo, pero para variar, llegaron los últimos sin ningún tipo de prisa.
Cuando todos tuvimos nuestro apetito saciado, nos retiramos al hotel para descansar un poco. Después volvimos a los coches para adentrarnos en La Coruña y nos dirigimos al hotel en el que se hospedaría el Real Zaragoza durante su estancia en la ciudad, para poder recibir al equipo. Un problema con los equipajes en Barajas hizo que la expedición se retrasase y nosotros tuviéramos que esperar varias horas para ver a nuestros jugadores. Afortunadamente, amenizamos la espera entre cánticos, risas y las visiones de Iván, que veía al autobús del equipo en el horizonte, pero nunca llegaba.
Por fin llegaron y pudimos recibirlos con nuestras canciones. Tan tarde se nos hizo que tuvimos que salir corriendo en busca de un sitio para cenar, ya que nuestras tripas ya comenzaba a emitir ruidos una vez más pidiendo que las alimentáramos. Optamos por repetir experiencia y mover el bigote en un restaurante de la misma franquicia del que habíamos comido esta mañana. En aquel momento llegó el típico vendedor ambulante de raza negra que intentaba colocarnos un montón de pingos. David le preguntó si tenía algo para conquistar a las chicas (siempre con su afán pescador), a lo cual el comerciante le insistió en que tenía artículos ideales para llevarse de calle a las chicas y… ¡a los chicos! Intentaba venderle una rosa, pero David intentó explicarle que eso no era suficiente, a lo que el vendedor le ofreció ¡un rabo grande! No sabemos si fue un pequeño lapsus lingüístico y lo que quiso decir es ramo (de rosas) o que David le había encandilado y quería ofrecerle de forma clara una noche de pasión. Lo cierto es que las risas fueron abundantes en la mesa. El pobre Saúl a poco expulsa la cena que acaba de ingerir de tales carcajadas que se estaba echando.


Después de tan disparatada escena nos fuimos a nuestro hotel para engalanarnos y salir a disfrutar un rato de la noche coruñesa. La mayoría optaron por tomar algo en los alrededores del hotel, pero cinco valientes nos fuimos a ver que se cocía por la zona de marcha de La Coruña. Allí encontramos muchos bares, pero poco ambiente. Eso sí, pudimos ver a un hombre de avanzada edad (dudo que cumpliera ya los 70), que debía haberse tomado algo, pero que era la fiesta personificada. Él sólo tenía más marcha que el resto del bar juntos. Los bailes que se pegaba nos dejaron perplejos. Fuimos a otro garito más y pronto nos retiramos, que el día había sido duro y el siguiente también lo iba a ser.
El domingo amaneció tarde para todos. Apuramos la mañana en la cama para poder descansar y recargar las pilas antes de otra jornada maratoniana. Una vez estuvimos todos en el hall del hotel fuimos al centro de La Coruña a aparcar en las inmediaciones de Riazor los coches para poder salir a toda prisa hacia Zaragoza cuando terminase el partido. Después nos acercamos al hotel del Real Zaragoza a tomarnos unas cervezas.
Llegó la hora de comer, y tras al agradable experiencia de mayo, decidimos ir al mismo lugar al que fuimos la temporada pasada. Una vez más nos atendieron con un buen trato y pudimos comer tranquilamente mientras veíamos la Fórmula 1. En cuanto terminó la carrera, salimos todos en dirección al campo entonando ya diversos cánticos por las calles de La Coruña. Una ronda rápida en el bar que está enfrente de Riazor, recogimos la pancarta y para adentro a animar al equipo. El partido ya sabéis todos como fue. Un punto que sabe a poco después de las ocasiones marradas, pero la imagen fue positiva.
Una vez concluido el encuentro nos despedimos a toda prisa y salimos a la carrera a por los coches para poner dirección a Zaragoza. El fin de semana en La Coruña ya había concluido, pero todavía nos quedaban otros 800km de vuelta. Se hizo duro, pero el viaje de vuelta se amenizó con algo de música, la radio para seguir los partidos de la jornada y el recuerdo de todo lo que vivimos durante el viaje. A las 3:00 llegamos a Zaragoza agotados, pero satisfechos por lo vivido. Ahora toca empezar a planificar el viaje a Santander.

Crónica de Dinho

1000 calories diet
Iván (6)
Saúl (7)
Fredi (6)
Esther (6)
Jeni (6)